BRUNO PORTER

Updated: Oct 10

Gómez Bolaños




Este texto es particular y antes de pegarlo aquí abajo quiero intentar acercarme un poco a por qué lo considero así.

En el desarrollo de sanjosérevés como oficina de arquitectura, más o menos a la mitad de su corta vida (12 años) yo ya estaba pegando un poco contra el oficio diario del ejercicio de esa profesión. Digamos que estaba entrando en una profunda e inevitable depresión vocacional, una suerte de distimia constructiva, larga, leve pero persistente, constante. Estabamos haciendo proyectos comerciales y los trámites y las inspecciones lo único que me daban era ganas de arrancarme los ojos (estoy exagerando, yo sé, pero déjenme hacer un poco de drama). Este texto (que pego abajo) da pie a una serie de "investigaciones" que hicieron que sanjosérevés desarrollara también un lado de ficción arquitectónica, que fue mi tabla salvavidas y que está retratado en la entrada que lleva el nombre de la oficina en el mení principal de este blog. (el salvavidas salvavidas pero el naufragio era inevitable, y todo bien, digo, ya fue).


La página web de la oficina estaba empezando a funcionar más como un blog, es decir, era un espacio en el que yo estaba escribiendo en primera persona y digamos de manera coloquial sobre lo que estabamos haciendo, intentando —por sobretodo— alejarme de la armadura tiesa y pretensiosa y cansada con la que "se escribía en las páginas web de arquitectura", (no sé si esto ha cambiado pero al menos en el 2005 así era y estoy casi-casi seguro de que así sigue siendo.


Una noche, después de un día particularmente malo dije, sanjosérevés puede ser una revista y ya, y en ella podemos escribir sobre lo que sea y yo hoy quiero escribir sobre Bruno Porter pero también sobre varios amigos que murieron y sobre la adolescencia muerta también. Y eso hice y luego puse el link en FB y me fui a dormir.


Al día siguiente, durante el almuerzo, se lo comenté a mi papá, le dije que había hecho eso y él (desde el lugar desde donde ven las cosas los ingenieros y por supuesto desde su preocupación amable como padre) me dijo que eso podía espantar clientes, que era meterle ruido al portafolio de la oficina. Recuerdo que yo le dije que si algún cliente se "espantaba" porque yo había escrito sobre un tema que se desprendía del ejercicio de la arquitectura, pues era un cliente que en todo caso yo no quería como cliente. El tratando de esquivar mi arrogancia de adolescente tardío me dijo que estaba bien escribir, que escribiera si quería, que escribiera todos los días, pero que el creía que en la página web, si iba a escribir sobre un Bruno, pués que ojalá no fuera Porter sino Stagno.


La noche antes, mientras yo dormía, os rebotes involuntarios del posteo fueron incalculables, un amigo lee el texto y (por un vínculo generacional) el texto le gusta y decide compartirlo, pero se equivoca de usuario y lo comparte desde la página de su trabajo (un medio de comunicación considerablemente grande). Después del almuerzo me di cuenta de que unas horas después de haber escrito el texto la página de sanjoseréves tenía una cantidad impresionante de clicks y tabs y visitas, TODOS por error, pero daba igual! Yo imprimí las gráficas con las métricas y le dije: viste papá, a la gente le gustó mi texto.


Eso era. Ese error de mi amigo periodista fue el impulso para seguir usando esa plataforma como un blog, como un espacio para escribir sobre lo que fuera (incluyendo arquitectura). Luego vinieron los talleres, los cambios de oficio, también los naufragios, las islas, las pangas, los taparrabos al sol, los nuevos comienzos.


Pego el texto que escribí sobre Bruno Porter


Hay un adolescente considerablemente flaco y desgarbado debajo de un aguacero digamos bíblico. El adolescente está tratando de arrancar (sin romperlo) un afiche de un poste en la Calle de la Amargura. El niñito de figura escueta tiene 15 o 16 años y soy yo: hola.


Esa señora pitando desde el carro sin entender la necedad y la insistencia de parar a las cinco de la tarde en media presa y bajo la lluvia, es mi mamá. El afiche que me estoy robando es de Bruno Porter. Había que tenerlo. Entro de vuelta al carro, empapado pero contento, le hablo a mi mamá sobre la música que sale del toca cassette, le digo: Escuchá, mamá, en el tele apagado salgo yo.

Estamos en San Pedro de Montes de Oca y es 1996.


De esa época queda un hombre que, desde la tarima, vuela sobre un mar de gente que se parte en dos, y entonces Moisés inverso se clava estrellándose contra la pila de la melaza. Queda cupido enojado en el Rock Fest. Queda un bar que se llama La Maga y del que nos fuimos sin pagar un par de veces. Queda un faro que apunta hacia el público y encandila las caras de la gente en el Eugene O ‘Neil. Queda mi hermano mayor enojado porque lo encandilaron en el Eugene O ‘Neil. Queda el Higuerón y el mae peruano que atendía. Queda, secreto en la bolsa del pantalón, un tarro de tinta china para graffitear el baño de la muerta de hambre. Queda un vaso de orines que cae desde el puente de la Hispanidad. Quedan billetes de 500, quedan pilas doble A, queda Liquid Paper. Queda la voz de una amiga que me pregunta: ¿Cuál de los tres es Bruno? Quedan algunos afiches, todos excepto el de una araña, que era el que más me gustaba y que no encuentro en esta caja que tengo guardada en el ático de la casa de mis papás y que hoy abrí sin estar muy seguro de lo que estaba buscando.

La primera vez que los vi fue en un teatro muy pequeño cerca de letras, por la UCR. El público no llegaba a las diez o doce personas. Entre ellos estaba T de oyente y tengo el recuerdo (tal vez falso) que estaba M, mi vecino uruguayo. Seguramente también estaba J y F pero en esa época no los conocía.

Entramos al concierto por el escenario – esto era particular, pero digno de Bruno Porter. Después fuimos al As de Oros de la rotonda sin nombre, a hablar de lo extraño que había sido y de lo frustrante que era darse cuenta de que San Ramit no venía en el cassette que acabábamos de comprar. Luego F, C y yo nos devolvimos en el mismo taxi al barrio La Guaria.


Si tocaban en teatros era fácil, lo complicado era verlos tocando en bares. Ahora, nada del otro mundo, es decir, nada que una cédula falsa de El Salvador o Nicaragua no resolviera. Al señor guarda de seguridad las gracias, gracias señor guarda de seguridad por entender que sí, que soy salvadoreño y tengo dieciocho años, aunque a los dieciséis yo parecía de doce.


Escucharlos en vivo era diferente, había algo particular en la forma en la que G y O parecían pertenecer a dos grupos distintos, tocando canciones distintas en días distintos, como separados espacialmente pero de alguna manera acercándose y alejándose en ese jugueteo, hasta que una línea de bajo de P se formaba lento y funcionaba como una especie de lazo, como un hilo gravitacional que los amarraba y que luego los dejaba irse de nuevo. Entonces Bruno Porter se alineaba y por un rato sucedía ese cluster temporal en el que todo sonaba bien y O le daba al abanico y entonces dreads y colochos al aire – era imposible no emocionarse.


No voy a entrar en detalles pero agradezco haberlos visto en esa época en la que el resto de la música nacional era "toda" igual, con su rock alatinado y sus rimas consonantes y cutres. Y sí, se podría tildar lo que estos maes hacían como pretencioso por querer diferenciarse del resto y tal vez lo era... dieciocho años después les digo: bien, justamente por eso.


Crecí pensando tener la razón. Siempre creí ser el único que había logrado descifrar la letra de Salón K. Esa canción era evidentemente y a todas luces una canción sobre los Sea Monkeys. Para las generaciones posteriores al 79: los Sea Monkeys eran unas semillas que uno ponía en agua y, por un proceso que aún no entiendo, cobraban vida y se convertían en una especie de mini monos de agua que se reproducían y vivían felices para siempre. Venían en un envase plástico que traía unas lupas de agua que flanqueaban los costados.

Y todavía creo que tiene sentido:

"Ven nademos en este salón, veamos por la lupa de agua.

Ves, desde afuera somos inmensos.

La superficie te hará ver que adentro estamos mejor."


Tenía 18 años de creer en esto hasta que hace un tiempo le pregunté a P.





De vuelta a cero.


Algunos de los amigos de esa época ya no están, a ellos: aguantando el aire, hasta mañana. Y a mi mamá, paciente al día de hoy con su hijo todavía adolescente y desgarbado, escuchá mamá: en el tele apagado salgo yo. Te quiero.




***


Varios años después Ernesto y Antonio hicieron un documental y utilizaron un par de partes de ese texto. Pego aquí el link a ese proyecto: