DOMINGO

Updated: Sep 22


Estos textos los escribía los domingos en FB y terminaron entretejiendo los cuentos de REPARTICIONES. Los pego aquí sueltos y seguidos. Abajo hay una galería con las ilustraciones que Luciano Goizueta hizo para ese libro.






Domingo 8:54 p.m. Caminaré tan despacio que te parecerá que retrocedo. Treinta años después dejaré los amarillos y los azules y me inclinaré por los rojos: las alertas, los números, los glóbulos. Entonces queda el recuerdo de los tobillos de mi abuelo Miguel, son flacos y están envueltos en sus medias cafés, sus zapatos son negros. Queda Emilce que conversa en la cocina con Matilde de algo que no sé reconocer y que se mezcla con el rosario que sale de un parlante redondo —alivio y descanso de las ánimas. Queda también el canario que no para y el olor a caldo de frijol y huevo pateado. Queda mi hermano menor que llora por algo que tampoco sé reconocer y que aparento ignorar por la ventaja inútil de la edad. Esos son mis recuerdos de infancia, eso es lo que queda, lo que me llevo de San Vicente. Mi abuelo quieto en su sillón, lo veo joven, es el papá de mi mamá, tiene un saco y un sombrero, me sonríe, me dice —hola Diego. Él murió en el 69, yo nací diez años después.


Domingo 7:21 p.m. Dejamos atrás todo o casi todo. Anoche reescribí Hamlet, lo mejoré un montón, ahora se llama Henry. El gusano cambia, la mariposa ortiga.


Domingo 9:36 p.m. Apuntalamos el techo, no vaya a ser. Encontramos animales muertos. El aire huele a limpio afuera, viene del Caribe. Corrimos maratones para entrenar para las maratones. Anoche perdí en Clue, pensé que era Mrs. Peacock pero estaba equivocado, era el Professor Plum, bandidillo él y ese candelabro. No puedo dormir pensando que los caballos duermen de pie, eso dice M. Pobres y qué cansado así. Se nos fue el mariachi, lástima por ella.


Domingo 7:33 p.m. Recortaron la bandera de la rotonda y quedó un retazo apenas para pagar la luz y el agua, eso dicen. Que alguien esconda esa tijera pero ya, eso dicen. Sánchez le ladra a la nada y sigue. Llegaron cartas pero todo, o casi todo, se perdió de camino. Gárgaras de sal. Construían el hospital de niños y viajábamos a la Uruca para recoger café. De las matas caía la ceniza de un volcán que en esa época estaba lejos. Ya nadie quiere recoger café, como si no necesitáramos amarrar los tamales en diciembre. Se pretende construir el absurdo, con eso terminamos de matar lo poco que nos queda, eso dicen. Más gárgaras de sal. Si hago un hueco en el patio veo la línea de la ceniza de hace años.


Domingo 9:49 p.m. Para no matarnos a bostezos nos dis- frazamos de otros. Pasamos el sábado recuperándonos de una enfermedad auto-inducida la noche anterior. Afuera el aire huele a limpio. Sánchez se come su propia caca, luego la caga y se la vuelve a comer, es la encarnación del desarrollo sostenible. Perro quiere salvar el planeta. Salve perro mío, espero no explote antes, digo, no el planeta sino él. Esta agua no tiene corazón “y se hizo cuchillo, al fin.”


Domingo 8:43 p.m. Dejó de llover. Tregua que no pedimos pero que necesitábamos. Sacamos con baldes lo que pudimos y pusimos una banderita blanca al lado de los charcos. Adentro, la máquina de lavar sigue dándole, y sin embargo hay trastes afuera aún sucios. Se lavarán solos, espero, si llueve de nuevo. Los carros dejaron surcos en el zacate al tratar de salir. Ahora la familia duerme. Yo pronto.


Domingo 11:15 p.m. Sobre la ceniza y escrito con un dedo hay dos letras: una te de tumba y una ce de cobre, el resto no lo supimos deletrear. En la cubierta, vestido de blanco, el sargento de la viga está sentado sobre los clavadores, tiene el cárcamo hundido y los pómulos rotos, el pobre. Pusimos rejas y púas, tendimos la trampa y la ropa. Entre los calzoncillos y las medias estaba el anzuelo, la carnada. No seamos idiotas, de qué servía tanto picaporte y tanta aldaba si al lobo ya lo teníamos viviendo adentro.


Domingo 7:59 p.m. Cortamos el zacate, igualamos todo. Dos meses después llegaron cartas, mala mano y mala letra, mala carta. Luego la comida rápida, todo lo frito, todo lo muerto, entendimos que “la locura es breve pero el arrepentimiento es prolongado”. El agua hoy llegó a cubierta. Tengo miedo, mamá, a veces, pero luego me confundo y se me pasa. Naufragar es feo, encallar es algo.


Domingo 8:12 p.m. Pusimos un lazo negro y grande en la puerta de casa, también en el frente de nuestro pick-up. Mata- mos alacranes y los dejamos muertos ahí, en el suelo, para que otros alacranes vieran de lo que somos capaces. Luego el día, la culpa o algo que se le parece pero solo de perfil y de lejitos. Matame a pedos para morir hediondo y una vez muerto decile a todos que no molesten y que a mis flores no traigan entierros, así sin más.


Domingo 11:33 p.m. Reciclamos en casa. Sí. Separamos las latas, el vidrio, los plásticos. Las cosas orgánicas las enterramos al lado de varias generaciones de perros muertos. Lavamos todo y lo metemos en bolsas que tienen distintos colores: blancas para esto, azules para lo otro, yo ni sé. Luego lo transportamos kilómetros hasta un pueblo más sofisticado, lugar en el que (supongo-espero) lo reciclan o lo mezclan de nuevo en sus camiones, quién sabe. Tengo que confesar, sin miedo pero con algo de vergüenza, que a veces ciertas malas noches, me produce un extraño y oscuro placer tirar una buena lata de leche condensada (ojalá bien untada) en el basurero regular, sí, ese que huele a bolsa plástica verde-limón y escondo la evidencia detrás de dos o tres cosas para que M no la vea. Luego en piyamas sonrío de lado. Malévolo y de nuevo adolescente camino hacia el cuarto a dormir, tranquilo y en paz, porque por un segundo me saco de encima esa inútil sensación de que podemos salvar a un planeta que se jodió mucho antes de la invención del aluminio o el tetrabrik.


Domingo 9:53 a.m. En el Porvenir de Desamparados, un guardia de seguridad se encierra en su casa después del trabajo y hace un escándalo horrible. Los vecinos llaman a la policía y el hombre (armado) les pide alcohol y cigarros a los oficiales. Minutos antes de las 6 a.m. se dispara un tiro en el pecho. No muere, la ambulancia lo traslada al Calderón Guardia. A la entrada del hospital se lee en letras de colores: ¡Feliz año 2012! 7:05 a.m. Un poco más tarde ese mismo día, los gimnasios rompen records por afiliaciones nuevas de futuros atletas. Conforme avancen los meses, los atletas comenzarán a romper una-a-una sus promesas de fin de año. Anualidades de dos meses. 3:17 p.m. En la tarde alzan en hombros al Peluca, torero improvisado que después de 25 años en el redondel decide retirarse. El Peluca va llorando mientras sus compañeros ha- cen la vuelta olímpica cargándolo en hombros. En el fondo se escucha We are the Champions, de Queen. Huele a Cofal. 5:10 p.m. No muy lejos una familia decide adoptar un niño, otra piensa dar un niño en adopción, una tercera no piensa ni en lo uno ni en lo otro. 6:12 p.m. Tiramos nuestro árbol seco al río, al lado de una lavadora Frigidaire. 9:47 p.m. En la noche tengo la inútil revelación de que Mr. Big era un boy-band pero es demasiado temprano en el año como para compartir tanto entusiasmo.


Domingo 10:46 p.m. A una semana de cumplir cuarenta días pensamos en romper el ayuno, en calmar el síndrome de abstinencia. La antena dijo: ‘‘Rick, you can be a farmer’’. Por cuarenta días y cuarenta noches no comimos carne, pero tampoco ayunamos de nadie, ni de nada. La antena sentenció: ‘‘But you can’t just be a farmer, Rick’’. Hablamos pestes entre langostas y Pinot Grigio, entonces alguien dijo que teníamos que revertir la frase, como Mermet. Insistieron en que era necesario reordenar el orden y volver a la normalidad de la Atkins. No supimos qué hacer. Propusieron pensar que la carne se hizo verbo y nosotros, mudos, sacamos la parrilla y sonreímos. Luego, deglutantes y carnívoros de nuevo, nos concentra- mos en la tocineta: el OK Computer del cerdo.


Lunes 1:05 a.m. Y que no te guste, que no te guste la forma inexacta con la que te retrato.


Lunes 3:53 a.m. Un haz de luz ilumina los pliegues del piso de tierra y por las hendijas, entre la madera, el viento deja entrar el olor de los caballos quemándose vivos. Los animales relinchan detrás del humo de un establo que se enciende en mitad de la noche. Al asomarme por la ventana de la casa, veo grandes lenguas de fuego subir por el techo y me maravillo viendo como estas se despuntan en chispas que circulan el cielo en grandes espirales. Bajo varios niveles, y al salir, corro a través de un pastizal que está cubierto de nieve. El blanco se extiende por el valle en dirección al río que en esta época está congelado. Lleno mis pulmones de aire frío. A esa hora (está por amanecer) el paisaje me parece muy bonito. Avanzo hacia la nave en llamas y con mucho esfuerzo logro quitar la barra de madera que entraba las puertas del galpón. Una a una abro las cuadras y veo la multitud de caballos salir espantados prendidos en fuego, van quemándose vivos y dejan a su paso una estela de luz que, al alejarse, se convierte en humo negro. Algunos animales, con sus crines encendidas, logran subir la ladera y se pierden detrás del monte, otros caen al suelo ahí mismo y tardan un rato encendidos, apagándose y retorcién- dose, con la carne viva y roja como una brasa. Humean mien- tras manchan la nieve, derritiéndose. Más que el olor, lo que queda es el siseo continuo e inarticulado de lo que se apaga de a poco y lentamente. Todo vibra con la luz amarillenta de los caballos de fuego que salen de la inmensa pira funeraria y se pierden en el blanco del paisaje. Me despierta el himno, luego el fin de la transmisión: las hormigas.