REPARTICIONES

Updated: Oct 10

REPARTICIONES fue editado y publicado por Editorial Germinal en 2015 y un par de años después se imprimió una segunda edición en Encino. De esa época tengo recuerdos muy bonitos con Juan Hernández cerca del puente de los incurables, el otro día lo mencioné y el añadió al recuerdo un six-pack de Carlsberg en el patio interno de su casa/taller.



Pego aquí el primer texto de ese libro (y que tiene el mismo título).






I. REPARTICIONES

Se estacionan afuera del almacén, en uno de esos parqueos descomunales, una gran extensión de asfalto que, a las once de la mañana, vibra bajo el sol. Después, ya separados, escucharán la inútil estadística de que ese ha sido el día más caliente de los últimos diez años. Cuando se bajan del automóvil ella continúa gritando. Él se aleja del carro rápidamente, como queriendo escapar de la pelea; pero ella, decidida a decirle las cosas que piensa, lo sigue.

—¿Me va a escuchar o ni siquiera, grandísimo aculón?

Esto se repite varias veces mientras atraviesan las hileras de carros parqueados y las filas rotas de carritos del supermercado. Al fondo, detrás de la malla del estacionamiento, los árboles sofocados y quietos, inmóviles.

Pasan el umbral de la tienda y ella siente la cortina de aire acondicionado golpearla suavemente de frente. Se deja envolver por el frío y esto le calma un poco los ánimos. Se siente mejor. —Aquí no, más tarde —le dice él y empuja el carrito de las compras. —Siempre más tarde —dice ella mientras mete de golpe bolsas y paquetes. —Yo no quiero que el niño crezca viéndonos pelear todo el tiempo —dice él. Ella va y viene tirando latas de sopa y de atún. Cabizbajo, él empuja hacia el frente, intenta no hacer una escena ahí, en público.

—Sos un gallina —le dice ella—. No quiero que mi hijo crezca viéndote y que termine pareciéndose a un gallina.

Sos tan poco hombre, tan poca cosa.

Él la toma del brazo y la aprieta con toda su fuerza y, hablando entre dientes, se le acerca al oído. —Esto se acabó, me oíste, hacé silencio. Ella tira con todo su peso hacia atrás.

—Entonces, maricón... ¿me va a pegar? —grita y luego se ríe— Sí, claro —termina diciendo—. Nos separamos y vos te largás, yo me quedo con la casa, vos te largás, ¿oíste? —Si me voy, me llevo al niño —dice él. —Solo vos sabés, pendejo, solo vos sabés. El niño se queda conmigo, en la casa y vos te largás, ¿me oíste? Ella mete más cosas en el carrito, lo hace mecánicamente, de mala gana. Se miran con odio mientras atraviesan y se devuelven por los pasillos en un zig-zag de insultos y malas caras. Al llegar a la caja él coloca todo sobre la banda y paga la cuenta. Y como queriendo demostrar que es más fuerte que ella, toma todas las bolsas y al hacerlo la golpea con una. —¡Tené cuidado, hijo de puta! —le grita ella. El cajero los mira incómodo. Ambos salen al sol aplastante del medio día.

—¿Y el niño? —pregunta ella.

Entonces se miran. Él suelta las bolsas y corre hacia el automóvil. Ella lo sigue por la inmensa llanura del parqueo sintiendo cómo se le derriten las suelas de los zapatos. Detrás de la malla del estacionamiento permanecen los árboles sofocados y quietos, al fondo un cielo azul cada vez más oscuro. Él ve el automóvil y el espejismo del vapor sobre las latas, sobre el asfalto. Al abrir la puerta, un vaho hirviendo le golpea la cara.





***



Estos textos se fueron acumulando en los talleres de Luis Chaves y de Carla Pravisani. Un tiempo después los ordené en el siguiente diagrama y ese fue el libro que se publicó y que ganó el Aquileo J. Echeverría en 2015.